Autor: mb&l consultores

Buenas preguntas, buen timing, mejor venta

En la venta consultiva se repite mucho eso de “hay que hacer preguntas”, como si la clave fuera llenar la reunión de interrogantes. Pero la realidad es otra: no gana el que pregunta más, sino el que pregunta mejor.

Es decir, el que entiende qué preguntar, en qué momento y con qué intención. Porque cuando se pregunta por preguntar, lo típico es terminar con reuniones largas, clientes cansados y una sensación engañosa de “investigué un montón”, aunque en la práctica la oportunidad no avanza.

En este enfoque, las preguntas no aparecen por inspiración divina en medio de la charla. Se preparan. La venta consultiva arranca antes de la reunión, cuando el vendedor llega con contexto, con información del cliente y con algunas hipótesis sobre qué puede estar pasando. Entonces, las preguntas tienen un objetivo claro: confirmar o descartar supuestos, entender prioridades, detectar tensiones internas y, sobre todo, llegar al problema real. Si la conversación se basa en preguntas improvisadas, suele quedarse en lo superficial: se habla de síntomas, de situaciones puntuales, pero no se termina de entender la causa.

Otra parte clave es el timing. Una pregunta excelente, en el momento equivocado, puede generar resistencia. Al principio, lo que conviene es abrir contexto, construir confianza y darle al cliente espacio para ubicarse. Si arrancás directo con preguntas duras o demasiado “quirúrgicas”, el cliente se cierra o responde con lo mínimo. Después, cuando ya hay relación y cierta comodidad, sí aparecen las preguntas más profundas: las que incomodan un poquito, las que desafían, las que hacen pensar. Y hacia el final, las preguntas cambian de rol: dejan de ser para descubrir y pasan a ser para ordenar la conversación, confirmar entendimientos y alinear próximos pasos. Saber manejar ese ritmo es más importante de lo que parece.

Y acá viene un punto que muchos subestiman: preguntar no es lo mismo que interrogar. Hacer buenas preguntas sirve de poco si no hay una escucha real. Muchos vendedores “escuchan” solo para responder rápido, para argumentar o para enganchar su solución. La escucha consultiva es distinta: es activa y estratégica. Presta atención a patrones, contradicciones, silencios y énfasis. Implica reformular (“a ver si entiendo bien…”) y retomar cosas que el cliente dijo antes para conectar puntos. Incluso, a veces, lo más consultivo no es una pregunta, sino una devolución: una observación que ayuda al cliente a verse con más claridad y a ordenar lo que está viviendo.

Por eso, las mejores preguntas casi nunca están 100 % guionadas. Pueden existir preguntas base, claro, pero las más poderosas suelen nacer de haber escuchado bien y de estar presente en la conversación. La venta consultiva no es un checklist para “cumplir con la investigación”, sino un diálogo vivo donde intención y escucha se van retroalimentando.

En resumen, la venta consultiva no se trata de acumular preguntas, sino de usarlas con intención: en el momento justo, para el objetivo correcto y con una escucha genuina. Cuando el cliente siente que lo están escuchando de verdad, deja de sentirse empujado a una compra y empieza a sentirse acompañado en una decisión.

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